Cariño falso como rizo de japonés

Estoy otra vez en este bar tomando un cortado.

No sé bien porqué.

La chica que atiende tiene una cara de mala leche que es para hacer un monumento. Le pides un cortado con cruasán y parece que le pidieras descifrar un código secreto en finlandés. Parece que le des infinita desgracia.

No me atrevo a pedir un zumo natural, no sabría de qué es capaz.

Pero me gusta venir aquí. El café es bueno.

Y admiro esa cara de culo auténtica cien por cien, aprecio el desprecio sincero.

No me gusta el bar de al lado, en el que me dicen “cariño”.

Yo me he dado cuenta de su farsa. Son dos camareros.

Entra un señor con cara perro:

– Hola cariño!

Entra una mujer encantadora (no era yo):

– Hola cariño!

Entra una mujer con su nietito:

– Hola cariño!

Pero tienes que verles las caras de burla cuando se dan la vuelta.

Una sonrisa de verdad es difícil de encontrar.

Cuando estoy viendo webs me encuentro que todo el mundo es un amor y me quiere ayudar. Todos “ayudan” a la gente. Me impresiona tanto.

Ayudar era una acción desinteresada. ¿Cierto?

No quiero que ningún desconocido de esos me ayude. Paso.

Prefiero contratar un servicio con alguien que me dice lo que puede aportarme y lo que quiere ganar por ello. Alguien que le guste vender y se venda bien.

Estoy más a gusto. La sinceridad me tranquiliza.

Cuando reviso los textos de ese tipo de webs que te quieren ayudar más que una ONG, me he encontrado que hacen que el usuario se comporte muy raro.

 No se toman muy en serio el trabajo y como tienen dudas pero no saben porqué, se ponen quisquillosos.

En cambio, si el copywriting de una web es bueno, transmites seguridad y el lector se queda predispuesto a «ponerse en tus manos», es decir, dejar que hagas tu trabajo con tranquilidad.

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Ono.

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